El último trago

En The Flight, Denzel Washington se despierta en una habitación de hotel. El golpeteo de una puerta lo lleva hasta un frigobar bien surtido. Toma una botellita de vodka… La abre, la huele… La suelta. Regresa. A la mierda. Necesita un trago.

Tal vez no haya mejor escena que ésta para ilustrar la recaída de un alcohólico. Y para dar un rol protagónico a este amenity hotelero que conoció tiempos mejores. Una encuesta publicada en 2012 en Estados Unidos reveló que para el 95 % de los hoteles, administrar los minibares  “es una pesadilla”. Los pasajeros suelen robar productos o reemplazar su contenido para que no se los cobren. Si a eso se suma que los comestibles y bebidas caducan antes de que se vendan, las ganancias por esas botellas liliputienses a precio de oro son escasas. Para colmo, según un estudio publicado en 2013, para los viajeros, el frigobar es el amenity menos importante. Muchos ni siquiera se acercan a estas heladeritas, que muchas veces están cerradas con una llave que hay que pedir en la recepción, como sucede en cadenas como NH. Algunos hoteles -Hilton, Sheraton e InterContinental, entre otros- han zanjado la cuestión con sensores infrarrojos que cobran por el producto si éste es removido del minibar. Para evitar malentendidos y dar una chance a los que revisan las etiquetas o a los viajeros con niños curiosos , el sistema actúa a los 60 segundos. Si una se tarda más tiempo, ZAS. El producto se carga inmediatamente en la cuenta. Pero no se preocupe: si se trató de un error, el personal de recepción le devolverá el importe sin chistar. Ya están acostumbrados a todo tipo de reclamos a causa de este mueblecito que enfría bebidas. Y rezan por que sus días estén contados. Parece que así será, pues los expertos en hospitalidad vaticinan que para el 2020 no quedará un sólo frigobar en la galaxia hotelera.

La famosa escena del frigobar en The Flight:

Room 155
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