Una fantasía: Casa Fernanda

Les voy a contar mi máxima fantasía: dormir cinco horas seguidas en Casa Fernanda, Tepoztlán. Aquí, el detalle de este capricho de una madre primeriza.

Casa Fernanda

¿A dónde se va el sueño que no falta? ¿A un universo paralelo? ¿A las bolsas bajo los ojos? Tengo una lista de posibles respuestas. Y otra en donde doy forma a mi máxima fantasía. Para no hacerles perder tiempo, aviso que ésta no solo carece de voltaje erótico, sino que peca de ser bastante simple: a casi diez meses de haber dado a luz a mi hijo, yo solo fantaseo con dormir cinco horas seguidas. Sí, solo eso. Pero si me preguntan más detalles, puedo decirles que esta siesta podría ocurrir de día, mientras alguien cuida a mi bebé, en algún hotel céntrico de la capital mexicana. Después de un sueño reparador protegido por cortinas black out, regresaría a casa lista para volver a entregarme a las mieles de la maternidad. Pero si hiciera caso a ese listado que comencé a escribir detrás de un ticket de supermercado, les nombraría los hoteles en los que tendría lugar semejante orgía de sueño (¿acaso dormir no es el nuevo sexo?). Como no quiero alejarme demasiado , algunas opciones quedan en mi ciudad. Otras, que anoté en medio de un arrebato de deseo, se ubican en Cuernavaca o Tepoztlán. Destinos turísticos lo suficientemente cercanos para permitirme regresar rápido si surgiera una emergencia.

Casa Fernanda

Y uno de esos hoteles, precisamente en Tepoztlán, es Casa Fernanda. Un hotel boutique que, en primer lugar, solo es para adultos (para mayores de 12, bah). O sea, que serviría maravillosamente a mis propósitos de madre fugitiva. En segundo lugar, solo tiene suites, lo que  completa la idea que una tiene del lujo. Tercero, posee una alberca preciosa, frente al cerro Tepozteco, en el que ya me veo sorbiendo un Margarita que lentamente me va preparando para la cama. Si hubiera tiempo, claro, comería opíparamente en La Veladora, el restaurante que dirige el talentoso Iván Quiroz. Y ya que estamos, como soñar no cuesta nada, me metería un rato en su Spa. Allí, después de una sesión de sauna – en mi vida anterior debo haber sido nórdica, pues considero que el vapor seco es la cura para casi todos los males- me dejaría masajear esta cintura maltrecha y embadurnar con mil y un ungüentos (ahora que lo pienso, la envoltura de vino tinto no suena nada mal). Pero incluso en los sueños el tiempo escasea, así que me voy apurando. La antesala del clímax sería la Master Suite -para mis propósitos también funcionaría  una junior suite, pero ¿no estamos soñando acaso?- con una terraza-balcón frente al cerro, una tina para un baño de espuma, jacuzzi y cama king size con sábanas de algodón. Pongo la alarma, y caigo en la cuenta de que, entre viaje, comida y Spa, me quedan apenas dos horas de descanso. Pero en esta fantasía, aparece un Whatsapp de mi marido, en el que me avisa que pudo escaparse de la oficina para cuidar de nuestro hijo. No llego a terminar de leer el mensaje. Mi mente ya está contando ovejitas, allá en las alturas del Tepozteco.

 

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Room 155

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