Bio

 Crítica de Hoteles – Milagros Belgrano Rawson

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Llegué a la Ciudad de México en la primavera del 2011. Los primeros meses los pasé en un edificio con “alberca y chapoteadero”, en Granada, un barrio de depósitos abandonados que Carlos Slim está comprando para sus emprendimientos inmobiliarios. A pocas cuadras está la fábrica de Corona, y en una noche de brisa, el penetrante olor de la cerveza te amodorra. Mi beca de investigación estaba a punto de expirar, así que escribía día y noche y dedicaba los fines de semana a turistear. Cosas del amor, a los seis meses sorpresivamente me encontraba de vuelta en Buenos Aires, un noviembre de calor abrasador. Mi humor no podía ser peor: regresaba a casa de mis padres y esto no era lo planeado, sobre todo cuando medio año antes había desarmado y embalado tacita por tacita todo lo que contenía el depto que ocupaba en Palermo para instalarme indefinidamente en México.  Además de mi corazón roto, me irritaban sobremanera los mozos porteños: nada del “Señorita, mande, dígame qué se le ofrece”. Y así, con ese tono de cachetazo que suelen curtir los camareros de La Paz, mientras pensaba en mi incierto presente, pedía infinitos cortados, soñando con las aguas de horchata de las paleterías defeñas, que a la distancia me parecían Cocas heladas en el desierto. Así pasaron varios meses hasta que decidí regresar al Distrito Federal. Tenía una cuenta pendiente con esa ciudad y pensaba saldarla a cualquier precio.

Encontré trabajo en la edición mexicana de “la Biblia de la moda” y, con promesas de borrón y cuenta nueva, nos mudamos a la Condesa, barriohipster donde los pajaritos cantan, hay plantas y árboles, infinidad de restaurantes, cupcakerías, bares y chicos cool que pasean sus perritos por la bella Avenida Amsterdam. Y así fue cómo recién un año después de mi llegada al D.F., empecé a conocer este país “feérico”, como lo describió alguna vez la historiadora Dora Barrancos. Y concuerdo, sí: es un país que algo tiene con las hadas y los espíritus (el Día de los Muertos es feriado nacional). Y con personas de carne y hueso, muy alejadas de cualquier devaneo mágico, que conmigo se portaron como ángeles de la guarda, aunque a veces mediara una propina. El caso es que, a poco de cumplir los 35, decidí aprovechar mis escasas –y sobre todo añejas- lecciones de manejo tomadas en Baires. Con licencia de conductor reglamentaria –en el D.F. te la dan sin ningún examen- saqué sin aviso el coche de mi por entonces pareja, un auto alemán con un delicioso olor a nuevo. Fue difícil salir de la típica y atiborrada cochera mexicana, donde los autos se apilan (el hogar tipo de clase media no tiene menos de dos autos) y se deja la llave sobre la llanta para ir sacándolos de a poco, lo cual mataría de un infarto masivo a cualquier porteño neurótico, pero así son las cosas acá y nadie se muere por esto. Durante 45 minutos –sin tráfico el trayecto dura apenas cinco- conduje hasta la oficina, imitando el ritual de las conductoras mexicanas, que “a vuelta de rueda”, tienen tiempo de pintarse, leer los matutinos gratuitos y mandar a la chingada al primer auto que se les aviente.

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Y entonces llegué a destino. Yo, que sobreviví a la escuela de danza del Teatro Colón (que no tiene nada que envidiarle a una peli de horror), varias separaciones, tres años en Francia, empleos y jefas y jefes horribles, una tesina de Maestría escrita y defendida en un idioma extranjero, hice un recuento mental de mis logros pasados y me sentí como Usain Bolt en Londres. Como dijo el jamaiquino, había llegado “mi hora”. Poder manejar en la ciudad con el tráfico más caótico del mundo me hizo sentir, por primera vez en mi vida, como una campeona olímpica. El regreso queda para el anecdotario: rayé el auto en las piedras de Paseo de la Reforma, y allí acudieron en mi ayuda mis ángeles. Amigos que, por What´s app y mirando la foto con los daños, me indicaron qué hacer (afortunadamente el dueño del auto estaba de viaje y yo contaba con cuatro días para repararlo en secreto) y el portero, que le pasó “cera polish” y me acompañó al taller mientras yo regateaba precio con el chapista. Cuando el encargado me mostró las abolladuras –algunas terribles- de los coches de mis vecinos, casi le salto al cuello para besarlo agradecida. Mi poderío seguía intacto: un rayón no era nada para una principiante y así seguí manejando, sin confesar mis pecados, que fueron inmediatamente expiados.

Esta historia tal vez sirva para describir a los mexicanos. Como en todos lados, a algunos todo les “vale madre”, pero por cada uno que voltea hacia otro lado, hay diez que te dan una mano. Seres sin alas ni varitas, pero que me hicieron la existencia mucho más agradable …

El texto, publicado en 2013 en la revista Paco, sigue aquí.

 

 

 

 

Comentarios

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    ignacio 2 años

    me gustó leerlo. te conduce suave y te sumerge en colores.

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    Cadáver Exquisito 1 año

    Gran historia.

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    ignacio 1 año

    que lindo leerla.

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    Ana 1 año

    Mili, me encantó leerte y viajar a través de tu narración.

    Abrazos
    Ana

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    Omar 1 año

    Mili, qué gusto leerte en mi ciudad. Te mando un fuerte abrazo Omar (Sandals, Jamaica)

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